29º Domingo del año

Tanto en la primera lectura como en el Evangelio se nos habla de dos personajes que fueron curados de la lepra. En el primer caso, por la intercesión del profeta Eliseo; en el segundo, por el mandato de Nuestro Señor Jesucristo. Ser leproso y estar excluido de la sociedad en aquellos tiempos implicaba prácticamente la misma condición. Ser leproso y ser un pecador no tenía mayor diferencia. En el Evangelio, Jesús nos muestra su compasión sanando a un grupo de leprosos. La mayoría de los enfermos —el grupo de nueve— siguen el camino, pero luego uno de ellos —curiosamente, el samaritano— se detiene y reconoce la gloria de Dios y la gracia recibida, enseñándonos de este modo el don de la fe y su gratuidad en la vida.

Son muchas las «lepras contemporáneas» que azotan nuestra vida cristiana y nos separan del amor de Dios. Pero si tenemos la fe y la confesamos, como lo hace Pablo en su carta a Timoteo, Dios permanecerá fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

La vida cristiana necesita la experiencia de la compasión y de la fe: la lepra es el punto de partida para comprender el mensaje del Evangelio de hoy. Y es que en nuestra vida ordinaria pueden aparecer experiencias tan dramáticas como la lepra, experiencias que nos hacen caer en la cuenta de nuestra vulnerabilidad y fragilidad humanas. Entonces nos volvemos capaces de abrirnos tanto a la compasión de Jesús como a la fe del samaritano.

Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 14-17

 

En aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios, Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de su lepra.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo».
Pero Eliseo respondió:
«Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada».
Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó.
Naamán dijo entonces:
«Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor».

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