3º Domingo de Pascua

En la dinámica sinodal, la escucha, el diálogo y el discernimiento se ordenan a una forma de ser Iglesia, en la que el “caminar juntos”, se visibiliza en la caridad y la corresponsabilidad de las decisiones sobre la vida y la misión. El relato de los discípulos de Emaús, nos recuerda que un “camino juntos”, es un camino con Jesús Resucitado. Ello supone una confesión de fe común: “a este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos” (cf. Hech 2,32). Pero también, supone que “la fe y la esperanza están puestas en Dios” (1 Tim 1,21), a quien reconocemos como un Padre misericordioso que nunca nos abandona ni pierde la esperanza en nosotros.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

 

El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

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