En nuestra experiencia de fe, con frecuencia escuchamos, “he nacido de nuevo”; pero esto no significa salir de nuevo del vientre materno; más bien, se refiere a la toma de conciencia de lo que se es, del rol que uno está llamado a vivir en la historia, del lugar que uno está llamado a ocupar según el designio de Dios. 

Me atrevo a decir que estamos llamados a nacer dos veces. Con la primera hemos venido al mundo, a la existencia. Lo segundo se refiere a llegar a vivir, y eso es otra realidad: dar muerte a lo que no nos permite vivir. 

Vivir implica, que hay “que aprender a morir mil veces en una vida, para comenzar a nacer por lo menos una vez. Porque la muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento. Y la vida se da con nacimientos y muertes”. (Paolo Scquizzato. La pregunta y el viaje. Madrid. Paulinas, 2015:11). Esto indica que la finalidad de la vida es la realización perfecta de nuestra naturaleza; la realización de sí misma; una vida abierta a la realización de sí misma, descubriendo su potencial. 

El segundo nacimiento lo experimentamos generalmente cuando nos convertimos al Señor, a veces después de una crisis existencial, enfermedad, fracaso, u otros factores. etc. 

La experiencia del segundo nacimiento se desarrolla, crece, madura y descubre su potencial desde las preguntas existenciales: ¿Por qué a mí?, ¿Qué hice para merecer esto? etc. Y es que el ser humano se la pasa haciéndose preguntas. Necesitamos preguntarnos para así resolver nuestros problemas; gracias a todas las preguntas que nos hacemos logramos aprender a vivir; y de las respuestas de cada una de ellas, depende la decisión que tomemos después. Es, sobre todo, planteándose preguntas como el hombre y la mujer realizan este deber suyo fundamental. Porque el plantearse preguntas hace crecer, nos ayuda a madurar, haciéndonos conscientes de lo que somos y de los que estamos llamados a ser. “quien no pregunta nada no será una persona autónoma, sino una persona cerrada que ya conoce la muerte”. 

A partir de lo dicho – desde las preguntas – podemos decir que desde nuestro segundo nacimiento se puede afirmar que nuestra vida espiritual debe crecer desde lo real, y ello debe ser una ocasión para construirse. Nuestra vida espiritual no deja escapar nada, sino que está atenta a todo lo que le muestra Dios. El nacido de nuevo está atento a lo que le sucede dentro y alrededor, y se niega a vivir como un simple espectador en la historia. Pero además estar atento al mal, a la injusticia, a la humillación que se perpetra sobre los más débiles. Mira y se pregunta porque, dirige un grito al cielo o a los responsables (Cfr. Jr 12). 

Cuando el creyente responde positivamente a los acosamientos y los ilumina desde su fe, descubre la luminosidad del bien que transforma, y su vida se convierte en una continua recreación, porque no acepta morir de superficialidad. 

Con frecuencia, en el ámbito de la fe, escuchamos: “desde que mi vida cambió, desde que nací de nuevo, mi vida tiene sentido”. La vida espiritual es eso, una pregunta constante por el sentido último de la aventura humana. El creyente es un una persona sediento de sentido.  

Pero también el corazón del “nacido de nuevo” es demasiado grande, su corazón no conocerá el descanso hasta que no repose en lo infinito, en lo eterno – parafraseando a San Agustín –  

Para terminar quiero afirmar categóricamente que Jesús el Señor propuso una manera de realizar nuestra perfección: es el camino del amor. Solo en el amor nos hacemos maduros, plenamente nosotros mismos. 

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